Una vez, un dinosaurio se despertó y todavía estaba allí. A
mí me pasó algo parecido, solo que cuando me acosté todavía no era un
dinosaurio. Aún hoy no logro entender cómo sucedió. Había tenido uno de esos
sueños febriles difíciles de distinguir de la realidad. No me acuerdo bien que
sucedía en él, pero no tenía nada que ver con dinosaurios. Sin embargo, cuando
me desperté, sentí la piel rugosa, los músculos cansados, los dedos entumecidos.
De alguna forma, al abrir los ojos entendí qué había pasado. Me había ido a
dormir distraído y no me había acordado de cerrar la ventana de mi habitación.
Aparentemente, alguien había entrado y me había hurtado mis años de juventud.
No, eso no tenía sentido. Evidentemente todavía tenía la mente nublada por el
letargo. Claro, el letargo. Nadie me había robado nada. Había perdido esos años
durmiendo nomás. Quizás antes de dormir había decidido unir todos los años de
sueño de mi vida en una sola noche para después disfrutar la vigilia en su
máximo esplendor. No, tampoco. Primero porque 50 años de sueño son mucho más de
lo necesario. Segundo porque bajo ningún concepto puede uno considerar que el
esplendor de la vigilia comienza a los 70 años de edad. Quizá venía siendo
viejo hace mucho tiempo y la falta de memoria era signo de senilidad.
Confundido me rasqué la cabeza. Por un segundo me asustó la calvicie, pero me
di cuenta de que al menos nunca me iba a tener que peinar de vuelta. ¡Eso! Ya no
tendría que preocuparme por cómo me veía. A nadie le importa si un viejo está
medio desarreglado. Sin nada mejor que hacer, intenté levantarme, pero calculé
mal mis fuerzas y me caí al piso. Por suerte no me rompí nada, pero iba a tener
que empezar a cuidarme, los ancianos son mucho más frágiles. Me levanté
despacio. Mi carne llevaba años sin ejercitarse, tenía que volver a acostumbrarme
al movimiento. Lentamente, caminé hacia el baño. Por un momento me sobresalté
al sentir algo que me golpeaba el muslo. Me tranquilicé al darme cuenta de que
eran mis testículos. Una vez que llegué al baño, me miré en el espejo,
esperando lo peor. Por suerte la presbicia amortiguó el golpe. Noté las arrugas
que antes no tenía, las manchas que antes no existían, los pelos donde no solía
haber nada. Pero, por alguna razón, la visión no fue tan espantosa. Estaba tan
cansado que ni tenía la capacidad de asustarme. No supe si era porque había
dormido mucho, o demasiado poco, si era porque mis músculos estaban
particularmente cansados o si era algo normal de la vejez; pero estaba
extenuado. El resto del día continuó como lo que asumí que sería el día de un
señor de 70 años. Desayuné, leí el diario, lave los platos, cociné, almorcé, vi
el noticiero, lavé los platos. En un momento se me ocurrió si no tendría algún
familiar, o alguien con quien charlar. No había ningún indicio de presencia
femenina en la casa, y si tenía hijos no me acordaba. Después de cenar y
lavarme los dientes, decidí que era hora de dormir. Con cierto miedo, me metí
en la cama. ¿Qué sucedería el día siguiente? ¿Volvería a ser joven, seguiría
siendo viejo? Tal vez amanecería ya muerto. El sueño se me fue apoderando y me
fui olvidando de preocuparme por el porvenir. Esa noche soñé con un hombre que
se despertaba y era un insecto monstruoso. Que fácil la tienen algunos.
jueves, 10 de julio de 2014
sábado, 28 de junio de 2014
La primera vez que Dios creó el mundo, estaba lleno de
errores. Me lo contó un día mientras nos tomábamos unos mates. Tardó como una
semana y se mandó unas cuantas cagadas. Los humanos eran medio cualquiera y los
terminó echando a la mierda. Después ya tenía más cancha y se creó un mundo re
copado en tipo dos días y medio. De vez en cuando visitaba el primer mundo a
ver qué onda. Tiraba un par de milagritos, pero de mala gana. De a poco se fue
hartando de ese intento fallido y empezó a burlarse de los humanos. Que ahora hablan todas lenguas distintas, que
por qué no matás a tu hijo y que caminate cuarenta años en el desierto. En un
momento incluso trató de reiniciar todo y ahogar a todas las bestias, pero las
que sobrevivieron mantuvieron ese nivel de degeneración y aburrimiento. De a
poco Dios se fue enamorando cada vez más de su segundo mundo, uno mucho más
bello y perfecto. Y como el amor no tiene vista periférica, el primer mundo se
vio desatendido. Dios ya no cumplió ningún rol en la película de los
primermundistas. Algunos le adjudicaron unos cameos en las visiones de
psicóticos y drogadictos, pero andá a saber. Y a falta de apariciones, la gente
desconfió de Dios. Desde los que dijeron que no existía hasta los que pensaron
que se había muerto. Desde los que decidieron ignorarlo hasta los que lo
insultaban a viva voz cada vez que se moría un pariente. Y surgieron las
guerras, la corrupción, el hambre y la apatía. Mientras tanto, en el otro mundo
gozaba de regalos constantes del embobado Dios que no hacía más que
consentirlos. Y surgió la fraternidad, el equilibrio, la tolerancia y la
apatía. De tanta presencia del Señor, los mejormundistas se empezaron a olvidar
del origen de los milagros y los tomaron como elementos naturales de la vida.
Mientras en el primer mundo nacían el nihilismo y el existencialismo, en el
segundo crecía el estatodobienparaquenosvamosacansarismo. Y así siguieron ambos
mundos. Cada uno rechazando a su creador por sus propias razones. Y Dios se
encontró solo y triste y amargado. Hasta que un día conoció a una pelirroja y
se olvidó de la creación, de los mundos y de toda la bola. Ahora viven en un
dúplex por Villa del Parque y pasa su tiempo escribiendo novelas gráficas que
nunca se publican.
martes, 3 de junio de 2014
El señor Ramirez
El señor Ramirez yacía en su lecho de muerte. Tenía 63 años
y había tenido una vida espantosa. De
chico, su madre lo había abandonado. Su padre era alcohólico y le pegaba de vez
en cuando. Creció en un constante estado de pánico y desconfianza. Por las
noches sufría terrores nocturnos. Imaginaba brujas, niñas endemoniadas, hombres
con garfios en vez de manos y fantasmas que le contaban sus muertes cruentas.
Aprendió a protegerse metiendo la cabeza dentro de la remera cual tortuga. Más
grande se daría cuenta de que ese acto lo definía a la perfección. El señor
Ramirez pasó su vida no solo escondiéndose de sus problemas sino también mirándose
el ombligo. De adolescente sus compañeros se burlaban de él. Su paso por el
colegio fue en iguales medidas aburrido y deprimente. Cuando terminó, se
consiguió un trabajo mediocre; y luego una esposa más mediocre aún. Pero, para
su sorpresa, la vida le tenía preparado algunos giros más. Su esposa lo dejó
por un contador, y en su trabajo no solo no lo despidieron, sino que lo
ascendieron. Peor castigo no podía haber. El señor Rámirez continuó su vida
anodina tratando de encontrarse, y de encontrar algún placer en ella. Hubo un
momento donde se interesó en la colección de discos de vinilo, pero al poco
tiempo entraron a la casa y se lo robaron. Y así siguió, hasta los 63 años,
hasta que decidió que ya había vivido lo suficiente. Se acostó en su cama y se
dispuso a morir. Mientras esperaba, se preguntaba qué mal le había ocasionado
él a la vida para recibir semejante castigo, el de vivir. Tal vez había
cometido crímenes en sus vidas anteriores y en esta recibía su punición. Lo que
el señor Ramirez no sabía es que la mediocridad es el peor de los crímenes.
Finalmente, después de una espera que pudo haber durado minutos o semanas, la
muerte llegó a él. Vio, en el momento más satisfactorio de su paupérrima vida,
una luz blanca y se dirigió a ella. Mientras se acercaba, notó como el ambiente
se llenaba de un líquido extraño. Sin embargo, no se ahogó en él, sino que se
sintió cómodo. Su cuerpo empezó a transformarse. Perdió sus pelos y sus dientes.
Se encogió y cambió de forma. Cuando se dio cuenta, no estaba caminando hacia
la luz sino que estaba siendo empujado hacia ella. Finalmente la alcanzó y la
atravesó. Primero la cabeza, después los hombros, el torso y el resto del
cuerpo. Vio un charco de sangre, un hombre con una bata blanca que lo miraba.
La luz blanca por la que había salido ya no era tal. El señor Ramirez dejó de
ser el señor Ramirez. Pronto le pondrían el nuevo nombre de Juan. Juancito ya
no recordaba nada de su vida anterior, ni entendía dónde estaba. Juancito no
sabía del castigo que iba a tener que iba a tener que penar, ni sabía que la
mediocridad se paga con más mediocridad. Como lo haría muchas, demasiadas veces
el resto de su vida, sin entender absolutamente nada de qué estaba pasando,
Juancito lloró por primera vez.
miércoles, 28 de mayo de 2014
Estoy embarazada
– Estoy embarazada.
La conversación se detuvo repentinamente y todos giraron la cabeza. Una hilera de ojos abiertos de par en par me miró mientras masticaba mi bife con puré.
– Abuela, ¿vos estás en pedo? – preguntó Luli, la mayor.
– No, mi amor. Voy a tener un bebé –. Sonreí y mordí otro bocado.
La conversación siguió como pueden imaginar. Que sabés que tenés 74 años, que no puede ser, que si tomaste las pastillas a la mañana. Les expliqué muy serena que llevaba varias semanas de atraso y que la única explicación racional es que tenía un bollo en el horno. “Mamá, ¿te das cuenta de que sos menopáusica hace 25 años y que tu horno está más seco que…?”.
Ricardo interrumpió la verborragia de su mujer. Me tocó la mano con esos dedos amarillos de fumador y me preguntó: “Nora, ¿se siente bien?”. Asentí muy despacito. La discusión viró hacia mi salud mental, a ver quién podía adivinar qué me pasaba. O era la demencia senil o era el Alzheimer, o que se yo que cosa.
Las voces empezaron a elevarse y dejaron de escucharse entre sí, cada uno tiraba su propia sugerencia. “Puede ser shock post-traumático” “¿Pero qué trauma ni que trauma?” “Trauma te voy a dar a vos, ingrata, no le levantés la voz a tu madre” y así seguían. Excepto Danielito, el menor. Danielito me miraba fijo y sonreía.
– ¿Quién es el padre? – preguntó. En ese momento, sonó el timbre. Me levanté y dirigí a abrirle. Era Jorge.
– ¿Ese es el padre? – dudó Ricardo. Asentí muy despacito y les sonreí. Nos fuimos mientras la familia entera nos miraba apabullada. Excepto Danielito, que seguía sonriendo. Me subí al auto con Jorge y manejamos hacia el atardecer.
La conversación se detuvo repentinamente y todos giraron la cabeza. Una hilera de ojos abiertos de par en par me miró mientras masticaba mi bife con puré.
– Abuela, ¿vos estás en pedo? – preguntó Luli, la mayor.
– No, mi amor. Voy a tener un bebé –. Sonreí y mordí otro bocado.
La conversación siguió como pueden imaginar. Que sabés que tenés 74 años, que no puede ser, que si tomaste las pastillas a la mañana. Les expliqué muy serena que llevaba varias semanas de atraso y que la única explicación racional es que tenía un bollo en el horno. “Mamá, ¿te das cuenta de que sos menopáusica hace 25 años y que tu horno está más seco que…?”.
Ricardo interrumpió la verborragia de su mujer. Me tocó la mano con esos dedos amarillos de fumador y me preguntó: “Nora, ¿se siente bien?”. Asentí muy despacito. La discusión viró hacia mi salud mental, a ver quién podía adivinar qué me pasaba. O era la demencia senil o era el Alzheimer, o que se yo que cosa.
Las voces empezaron a elevarse y dejaron de escucharse entre sí, cada uno tiraba su propia sugerencia. “Puede ser shock post-traumático” “¿Pero qué trauma ni que trauma?” “Trauma te voy a dar a vos, ingrata, no le levantés la voz a tu madre” y así seguían. Excepto Danielito, el menor. Danielito me miraba fijo y sonreía.
– ¿Quién es el padre? – preguntó. En ese momento, sonó el timbre. Me levanté y dirigí a abrirle. Era Jorge.
– ¿Ese es el padre? – dudó Ricardo. Asentí muy despacito y les sonreí. Nos fuimos mientras la familia entera nos miraba apabullada. Excepto Danielito, que seguía sonriendo. Me subí al auto con Jorge y manejamos hacia el atardecer.
miércoles, 7 de mayo de 2014
Historias
Son las 3 de la mañana. Salís de una fiesta por Tribunales. Estás
yendo a la parada de algún bondi. Vas a cruzar la calle y ves una pareja de
unos sesenta años. Él, de traje; ella, muy bien vestida y maquillada. ¿Qué
hacen por esta zona, a esta hora, y tan arreglados? – te preguntás. Te acordás
de un amigo que hace poco te dijo que cada persona tiene su historia, y son
todas interesantes, si están bien narradas. Te ponés a pensar qué podrán estar
haciendo, que no por nada estás estudiando guión, carajo. ¿De dónde vienen,
hacia dónde van, qué tienen para contar?
Un golpe sordo te despierta de tu mundo de pensamientos. Es la señora. La señora se acaba de desplomar en el piso. Su cuerpo choca precipitado contra el frio del cemento. Por un momento, como cualquier otro en tu posición, te sorprendés. Pero en el momento siguiente te encontrás imaginándote que le agarró un paro cardíaco. Nunca viste a nadie en la vida real tener uno, pero por lo que sabes de las películas, bien podría ser. Y pensás que qué interesante, ahora ya sabes cómo es uno y vas a poder usar el recurso si lo necesitás. Y después pensás que qué mierda estás pensando, un ser humano acaba de desmoronarse en frente tuyo y lo único que pasa por tu cabeza es cómo eso te sirve a vos. Por un segundo, te sentís como viendo a un rinoceronte con tranquilizantes cayéndo de cara al piso. Pero un rinoceronte muy bien vestido y maquillado.
Volvés a la realidad cuando te das cuenta que el rinoceronte está llorando. No, no. Es la señora. La señora está llorando. Que vos sepas, la gente que acaba de sufrir un ataque cardíaco no se pone a llorar. Por otro lado, los rinocerontes tampoco lloran, pero ese es otro tema. La señora está llorando y es evidente que no sufrió un ataque cardíaco. Y lo que más te sorprende es que el hombre trajeado no se sorprende en absoluto. Mira a su pareja derrumbarse súbitamente como quien no quiere la cosa. La cosa, por así decirlo, vendría a ser su señora. Sin inmutarse demasiado, le dice “parate, no hagas esto”. Vos, desde el otro lado de la calle, mirás la situación con cara de no entender una mierda. Principalmente porque no entendés una mierda. ¿Cómo puede ser que esté tan tranquilo? Le habla a esa bolsa de papas en el piso con un tono autoritario, sin inquietarse en lo más mínimo. De repente, lo sospechas un marido golpeador, un hombre violento y abusivo. Claramente esa mujer está destruida, no aguanta más esa vida vacía, abstracta, inútil. Intenta abandonar ese cuerpo percutido, demoler los cimientos de lo físico, abandonar su estructura corpórea. Sin embargo, lo único que escapa de ella es un llanto, un pedazo de alma que se escurre entre sus labios, huyendo de todo aquello que lastima, hiere y hace mal. Y vos, ahí, parado como un imbécil, pensando en lo copado que sería contar esa historia después. Pero no es después, es ahora. ¿Qué hacés?
Por un lado, si lo que se te ocurrió es verdad, es espantoso y tendrías que reaccionar de alguna manera. Por otro lado, por ahí flasheaste cualquiera. Con voz ambivalente, le preguntás “¿Los puedo ayudar en algo?”; tratando de que se pueda entender tanto como “Hombre, su esposa se ha lastimado, ¿puedo serle de alguna utilidad en este momento?” o como “Macho, le estuviste pegando a tu señora y te estoy viendo y no está nada bueno”. El señor no parece entender ninguno de esos significados, y con su ya característica indiferencia, te dice que no. Ni siquiera te mira, está muy ocupado agarrándole un brazo a su pareja para que se levante.
Y te parece ver, tal vez, cierta ternura en su gesto, cierto querer en su movimiento, escondidos bajo kilos de pesadez. Quizás no es su culpa. Quizás hace poco a su mujer se le murió alguien cercano y la pobre está pasando por un momento difícil. Y en un instante de debilidad, tomó algunas pastillas y algunos tragos y ya no lo puede soportar. Y el hombre la trata de consolar, pero nadie nunca le enseñó cómo y no tiene las herramientas necesarias y su papá nunca le dijo que lo quería. Y está haciendo todo lo posible para ayudarla, para que juntos puedan sobrellevar ese momento, pero ya no sabe cómo y la verdad que está muy cansado y no sabe cómo seguir. Y te re compadecés del chabón.
La mujer logra levantarse, y vos, ya sin ninguna ambivalencia le preguntás “¿Seguro?”, porque te da pena y te gustaría poder ayudarlos de alguna forma. Además quizás si es un forro golpeador y no lo querés dejar ir tan fácil. Claro, como si vos haciéndole un par de preguntas a las 3 de la mañana en el medio de la calle pudieras cambiar algo. El hombre te responde “Seguro”, y juntos siguen caminando. Sin nada más que hacer, emprendés tu camino.
Ya con la consciencia limpia (por así decir), te ponés a pensar. Ninguna de las historias que imaginaste te cierra del todo. Además, todo lo que se te ocurre es tétrico, deprimente, u horrible de alguna forma. Tu imaginación vuela hacia lugares oscuros, más aún después de presenciar algo tan inverosímil. Y es verdad que, como dice tu amigo, cada persona tiene su historia. Pero hay historias que es mejor no saber.
Un golpe sordo te despierta de tu mundo de pensamientos. Es la señora. La señora se acaba de desplomar en el piso. Su cuerpo choca precipitado contra el frio del cemento. Por un momento, como cualquier otro en tu posición, te sorprendés. Pero en el momento siguiente te encontrás imaginándote que le agarró un paro cardíaco. Nunca viste a nadie en la vida real tener uno, pero por lo que sabes de las películas, bien podría ser. Y pensás que qué interesante, ahora ya sabes cómo es uno y vas a poder usar el recurso si lo necesitás. Y después pensás que qué mierda estás pensando, un ser humano acaba de desmoronarse en frente tuyo y lo único que pasa por tu cabeza es cómo eso te sirve a vos. Por un segundo, te sentís como viendo a un rinoceronte con tranquilizantes cayéndo de cara al piso. Pero un rinoceronte muy bien vestido y maquillado.
Volvés a la realidad cuando te das cuenta que el rinoceronte está llorando. No, no. Es la señora. La señora está llorando. Que vos sepas, la gente que acaba de sufrir un ataque cardíaco no se pone a llorar. Por otro lado, los rinocerontes tampoco lloran, pero ese es otro tema. La señora está llorando y es evidente que no sufrió un ataque cardíaco. Y lo que más te sorprende es que el hombre trajeado no se sorprende en absoluto. Mira a su pareja derrumbarse súbitamente como quien no quiere la cosa. La cosa, por así decirlo, vendría a ser su señora. Sin inmutarse demasiado, le dice “parate, no hagas esto”. Vos, desde el otro lado de la calle, mirás la situación con cara de no entender una mierda. Principalmente porque no entendés una mierda. ¿Cómo puede ser que esté tan tranquilo? Le habla a esa bolsa de papas en el piso con un tono autoritario, sin inquietarse en lo más mínimo. De repente, lo sospechas un marido golpeador, un hombre violento y abusivo. Claramente esa mujer está destruida, no aguanta más esa vida vacía, abstracta, inútil. Intenta abandonar ese cuerpo percutido, demoler los cimientos de lo físico, abandonar su estructura corpórea. Sin embargo, lo único que escapa de ella es un llanto, un pedazo de alma que se escurre entre sus labios, huyendo de todo aquello que lastima, hiere y hace mal. Y vos, ahí, parado como un imbécil, pensando en lo copado que sería contar esa historia después. Pero no es después, es ahora. ¿Qué hacés?
Por un lado, si lo que se te ocurrió es verdad, es espantoso y tendrías que reaccionar de alguna manera. Por otro lado, por ahí flasheaste cualquiera. Con voz ambivalente, le preguntás “¿Los puedo ayudar en algo?”; tratando de que se pueda entender tanto como “Hombre, su esposa se ha lastimado, ¿puedo serle de alguna utilidad en este momento?” o como “Macho, le estuviste pegando a tu señora y te estoy viendo y no está nada bueno”. El señor no parece entender ninguno de esos significados, y con su ya característica indiferencia, te dice que no. Ni siquiera te mira, está muy ocupado agarrándole un brazo a su pareja para que se levante.
Y te parece ver, tal vez, cierta ternura en su gesto, cierto querer en su movimiento, escondidos bajo kilos de pesadez. Quizás no es su culpa. Quizás hace poco a su mujer se le murió alguien cercano y la pobre está pasando por un momento difícil. Y en un instante de debilidad, tomó algunas pastillas y algunos tragos y ya no lo puede soportar. Y el hombre la trata de consolar, pero nadie nunca le enseñó cómo y no tiene las herramientas necesarias y su papá nunca le dijo que lo quería. Y está haciendo todo lo posible para ayudarla, para que juntos puedan sobrellevar ese momento, pero ya no sabe cómo y la verdad que está muy cansado y no sabe cómo seguir. Y te re compadecés del chabón.
La mujer logra levantarse, y vos, ya sin ninguna ambivalencia le preguntás “¿Seguro?”, porque te da pena y te gustaría poder ayudarlos de alguna forma. Además quizás si es un forro golpeador y no lo querés dejar ir tan fácil. Claro, como si vos haciéndole un par de preguntas a las 3 de la mañana en el medio de la calle pudieras cambiar algo. El hombre te responde “Seguro”, y juntos siguen caminando. Sin nada más que hacer, emprendés tu camino.
Ya con la consciencia limpia (por así decir), te ponés a pensar. Ninguna de las historias que imaginaste te cierra del todo. Además, todo lo que se te ocurre es tétrico, deprimente, u horrible de alguna forma. Tu imaginación vuela hacia lugares oscuros, más aún después de presenciar algo tan inverosímil. Y es verdad que, como dice tu amigo, cada persona tiene su historia. Pero hay historias que es mejor no saber.
jueves, 24 de abril de 2014
Tu amiga, la serpiente
Estás de viaje en Israel, en la casa de unos familiares que
no conocés. Uno de ellos es biólogo. Para una charla que tiene que dar,
consiguió una serpiente. No te acordás bien por qué, pero es una charla de
biología en la que una serpiente está involucrada. Y el familiar trajo el animal
a la casa. La serpiente es muy bonita, naranja con un patrón de formas que
parece artificial. Como si estuviera bordado en sus escamas. Como si alguien se
las hubiera impreso. Como si esa serpiente no fuera una serpiente. Es más chica
de lo que habías imaginado. El bicho se enrolla entre sus manos regordetas. No
sabés si por afecto a esas manos o por miedo a todo lo demás. Te hace acordar a
una película de Jim Carrey en donde hay un hombre con unas serpientes y las
serpientes hacen lo mismo. Te hacés un recordatorio mental de buscar el nombre
de la película. Udi, el familiar se llama Udi. Nombre extraño, con razón no te
acordabas. Udi pregunta quién quiere sostenerla. Tu mamá lo mira con cara de
asustada. Tu hermana se ríe nerviosa. Vos decís que yo, que vos, que sí, que
querés sostenerla. No porque seas valiente ni nada, sino porque el coso ese es
muy lindo y querés tocarlo. Udi se desenreda la serpiente y te la pasa. No
parecés gustarle mucho. A la serpiente, no a Udi. Bah, a Udi tampoco. Asustada,
se mete debajo de tu buzo y detrás de tu espalda. Udi te explica que no es que
tenga miedo, es que le gustan los lugares oscuros. Contenta, se mete debajo de
tu buzo y detrás de tu espalda. Una serie de eventos desafortunados es el nombre
de la peli con Jim Carrey. Estaba buena. La serpiente aparece por algún lado y
te saca la lengua. Vos le sacas la lengua a ella. Pensás que es gracioso, pero
nadie se ríe. Udi te explica algo de que las serpientes huelen con la lengua.
Es interesante lo que te dice, pero más interesante es tenerla correteando por
tu cuerpo. No, correteando no. Pero tampoco está reptando, esta como…
¿disfrutando tu cuerpo? Bueno, no. Pero la serpiente está ahí y se mueve. Udi
antes estaba jugando con un reloj que te lo ponés y te mide la frecuencia
cardíaca. Se lo da a tu mamá y te pide que le pases la serpiente. Como tu mamá
le tiene miedo, la frecuencia va a aumentar. Cierto que es una charla de
biología en la que una serpiente está involucrada y que tiene algo que ver con
el miedo. Todos se ríen en anticipación a la taquicardia de tu mamá. Al final
le das la serpiente y no pasa nada. Igual no se ve muy contenta. Tu mamá, no la
serpiente. Bah, la serpiente tampoco. Después se la pasa a tu papá y después a
tu hermana. Después pasan más cosas. A la noche, los convencés de ver la
película con Jim Carrey. Pensás que es graciosa, pero casi nadie se ríe.
viernes, 15 de noviembre de 2013
Heartbreak Hotel
Habitación 4. Un hombre se mira frente al
espejo. Habitación 48. Un adolescente llora desconsolado en la cama. Habitación
15. Un nene y una nena se miran desde rincones opuestos. Habitación 23. Una
mujer el tira un jarrón a su marido. El marido no hace nada para esquivarlo.
Habitación 9. Un hombre gordo coge con una mujer. La mujer tampoco hace nada
para esquivarlo. Este es el Heartbreak Hotel, donde las almas errantes vienen
cuando se hartan de buscar consuelo. Bienvenido.
El hombre me mira, desconcertado. Los
ojos rojos de haber llorado, la cara pálida de tanto buscarse. Con cierta
angustia, le doy una llave. Me mira, la mira, me mira, y se va. Lo sigo con la
vista hasta que llega a su habitación. No vaya a ser cosa que se pierda en el
camino. Pienso en por qué tiene que ser con cierta angustia. Por qué no le
puedo dar la llave con cariño, compasión, optimismo, o incluso admiración. Me
acuerdo que si sigo pensando tanto voy a terminar pidiendo una llave yo.
El día pasa, la gente va y viene; aunque son siempre más los que vienen. El hotel se va llenando. De a poco, no tenemos ningún apuro. A veces trato de imaginar qué hicieron para llegar acá. Heridas sentimentales, dice mi gerente. Entiendo si es que se trata de una ruptura o un corte. Pero, ¿dónde están los moretones sentimentales? Los golpes, las quemaduras, los esguinces, las mutilaciones no se traducen a las dolencias del alma. Estos días estoy tratando de no imaginar mucho.
Termina mi turno y me preparo para volver a mi casa. No será el mejor trabajo, pero paga bien y aprendo mucho. A esta altura ya sé todo lo que no hay que hacer en una relación. Llego, pero la puerta no abre. Forcejeo, pero no funciona. Sin saber qué hacer, decido a un bar, a ahogar las penas. Mi vida no es particularmente agitada como para tener penas propias, pero tal vez si tomo lo suficiente puedo ahogar un par de penas ajenas. Mal no vendría, que el hotel se está llenando y hay cada vez menos habitaciones disponibles. Hace falta más amor, dicen algunos. Yo diría que sobra.
Pero claro, ¿cómo voy a tener penas si no tuve nadie que me las cause? A menos que mis penas sean auto infligidas. Un masoquista sentimental. Aunque sea no tendría que ir al Heartbreak Hotel. ¿Cómo me van a romper el corazón si nunca tuve uno sano para empezar? Me pregunto si hay otro hotel más indicado para gente como yo. Supongo que habrá otras instituciones que no sean hoteles. Pero no sé, me gustan los hoteles.
Termino mi segundo trago. Trato de recordar si alguna vez fui feliz. Me olvido de acordarme. Me acuerdo de olvidarme. Me acuerdo de acordarme. Me olvido de tomarme. Tomo.
Pasado el cliché del borracho triste, decido salir a caminar. Prefiero ser un vagabundo triste, así aunque sea hago ejercicio y me cuido el hígado. Trato de entender a los huéspedes. ¿Por qué siguen buscando el amor, después de lo que les hizo? Es más, ¿por qué lo buscaban, incluso antes de que les hiciera algo? ¿Qué tiene de interesante el amor? ¿Qué es sino una suma de amistad, afecto, contacto, y otras cosas que se pueden conseguir sin tanto lo que sea que es esto? Puede ser que sea la sinergia de todo eso junto. Puede ser que hay que arriesgar para ser recompensado. Había dicho que basta de clichés.
¿El amor es una conexión especial entre dos personas o es una construcción que se fortalece a través del tiempo siempre que haya un mínimo de atracción y comprensión? Si fuera el primer caso, entonces no hay por qué sufrir, simplemente se podría aceptar que la conexión no era ideal y listo. Química, destino, almas gemelas, etc. Y si fuera el segundo caso, entonces simplemente podrían apreciar lo que fue por eso y nada más, y pasar a la siguiente construcción. Pero no parece pasar. Tal vez lo que buscan es el sufrimiento y no el amor. Pero, habiendo formas tanto más simples de sufrir, ¿por qué complicarse tanto? Tal vez sean simplemente personas que buscan el desamor como sustento de vida. Tal vez ingresan al hotel porque se dan cuenta de que el desamor es el estado en el que quieren vivir y aceptan quedar trabados así por siempre. Tal vez así sea más fácil. Pero, ¿en dónde está la vida si no está en la lucha? En ese intento de seguir adelante es donde se busca la forma de llegar a la felicidad. Tal vez lo mejor sería no luchar, dejarse llevar, no pensar tanto. Además no sé qué tiene de interesante ser feliz. Y peor aún, qué se hace cuando se lo consigue.
Sin que me dé cuenta, la noche se va haciendo de día. Vuelvo al hotel, mi turno está por empezar. Meto mi mano el bolsillo. Saco la llave. Número 45. Mi reemplazo me mira con angustia. Este es el Heartbreak Hotel, donde las almas errantes vienen cuando se hartan de buscar consuelo, me dice. Bienvenido.
El día pasa, la gente va y viene; aunque son siempre más los que vienen. El hotel se va llenando. De a poco, no tenemos ningún apuro. A veces trato de imaginar qué hicieron para llegar acá. Heridas sentimentales, dice mi gerente. Entiendo si es que se trata de una ruptura o un corte. Pero, ¿dónde están los moretones sentimentales? Los golpes, las quemaduras, los esguinces, las mutilaciones no se traducen a las dolencias del alma. Estos días estoy tratando de no imaginar mucho.
Termina mi turno y me preparo para volver a mi casa. No será el mejor trabajo, pero paga bien y aprendo mucho. A esta altura ya sé todo lo que no hay que hacer en una relación. Llego, pero la puerta no abre. Forcejeo, pero no funciona. Sin saber qué hacer, decido a un bar, a ahogar las penas. Mi vida no es particularmente agitada como para tener penas propias, pero tal vez si tomo lo suficiente puedo ahogar un par de penas ajenas. Mal no vendría, que el hotel se está llenando y hay cada vez menos habitaciones disponibles. Hace falta más amor, dicen algunos. Yo diría que sobra.
Pero claro, ¿cómo voy a tener penas si no tuve nadie que me las cause? A menos que mis penas sean auto infligidas. Un masoquista sentimental. Aunque sea no tendría que ir al Heartbreak Hotel. ¿Cómo me van a romper el corazón si nunca tuve uno sano para empezar? Me pregunto si hay otro hotel más indicado para gente como yo. Supongo que habrá otras instituciones que no sean hoteles. Pero no sé, me gustan los hoteles.
Termino mi segundo trago. Trato de recordar si alguna vez fui feliz. Me olvido de acordarme. Me acuerdo de olvidarme. Me acuerdo de acordarme. Me olvido de tomarme. Tomo.
Pasado el cliché del borracho triste, decido salir a caminar. Prefiero ser un vagabundo triste, así aunque sea hago ejercicio y me cuido el hígado. Trato de entender a los huéspedes. ¿Por qué siguen buscando el amor, después de lo que les hizo? Es más, ¿por qué lo buscaban, incluso antes de que les hiciera algo? ¿Qué tiene de interesante el amor? ¿Qué es sino una suma de amistad, afecto, contacto, y otras cosas que se pueden conseguir sin tanto lo que sea que es esto? Puede ser que sea la sinergia de todo eso junto. Puede ser que hay que arriesgar para ser recompensado. Había dicho que basta de clichés.
¿El amor es una conexión especial entre dos personas o es una construcción que se fortalece a través del tiempo siempre que haya un mínimo de atracción y comprensión? Si fuera el primer caso, entonces no hay por qué sufrir, simplemente se podría aceptar que la conexión no era ideal y listo. Química, destino, almas gemelas, etc. Y si fuera el segundo caso, entonces simplemente podrían apreciar lo que fue por eso y nada más, y pasar a la siguiente construcción. Pero no parece pasar. Tal vez lo que buscan es el sufrimiento y no el amor. Pero, habiendo formas tanto más simples de sufrir, ¿por qué complicarse tanto? Tal vez sean simplemente personas que buscan el desamor como sustento de vida. Tal vez ingresan al hotel porque se dan cuenta de que el desamor es el estado en el que quieren vivir y aceptan quedar trabados así por siempre. Tal vez así sea más fácil. Pero, ¿en dónde está la vida si no está en la lucha? En ese intento de seguir adelante es donde se busca la forma de llegar a la felicidad. Tal vez lo mejor sería no luchar, dejarse llevar, no pensar tanto. Además no sé qué tiene de interesante ser feliz. Y peor aún, qué se hace cuando se lo consigue.
Sin que me dé cuenta, la noche se va haciendo de día. Vuelvo al hotel, mi turno está por empezar. Meto mi mano el bolsillo. Saco la llave. Número 45. Mi reemplazo me mira con angustia. Este es el Heartbreak Hotel, donde las almas errantes vienen cuando se hartan de buscar consuelo, me dice. Bienvenido.
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